Un flechazo entre abetos

Como cada año, los puestos de abetos y figuritas de Navidad llenaban las calles del pequeño pueblo de Espinelves. Una villa de Girona, famosa por este típico árbol y la feria que dedican a la venta del mismo durante el mes de diciembre.
Durante las fechas navideñas se convierte en un lugar de cuento rodeado de naturaleza, en el que pasear por sus callejuelas te transporta a un lugar en el que la magia es posible y se respira por todos los rincones. El olor a leña, almendras garrapiñadas, turrones artesanos y demás dulces típicos te hace salivar a cada paso.
En uno de esos puestos, estaba yo, haciendo cola para poder degustar la típica coca de Espinelves. La fila era larguísima, y temía que cuando llegara mi turno no quedase de la variedad que más me gusta, la de chocolate.
Mi nombre es Isabel. No soy muy alta, pero un gorro de lana con una gran borla me hacía crecer unos centímetros. Todos dicen que mi cuerpo se quedó anclado en los quince años y aún no ha alcanzado a mis treinta y dos años reales. Pero, supongo que cuando tenga cincuenta, tendré ventaja, pues no los aparentaré. Así que no me quejo.
Como os contaba, mientras esperaba mi turno, miraba distraída el móvil buscando mi lista de reproducción de música para amenizar el rato. De pronto, la marea humana que tenía tras de mí comenzó a tambalearse de un lado a otro de la estrecha calle, e incluso creo que algunos cayeron al suelo porque de golpe dejé de ver sus cabezas.
Estiré el cuello para intentar averiguar qué estaba pasando en la retaguardia, pero cuando quise darme cuenta, mis pies se levantaron del suelo y en su sitio aterrizó mi culo. Un perro en forma de una enorme bola de pelo con patas me barrió, literalmente.
La borla del gorro me cayó hacia delante tapándome los ojos y no veía quién me estaba cogiendo de la mano para ayudarme a levantarme.
—Lo siento, Blitzer se escapó. Cuando huele comida, se vuelve loca y no atiende a mi llamada.
Esa voz… Me pareció la voz masculina más bonita que había escuchado nunca. Soplé todo lo fuerte que pude, intentando quitar de mis ojos la gran borla de lana, pero solo conseguí que volara unos milímetros y volviera a posarse donde estaba. Entonces di un par de manotazos hasta conseguir recuperar mi campo de visión.
Cuando al fin lo conseguí… ¡Ay, madre! Casi me trago la maldita borla. ¿Se podía ser más guapo? ¿O un ángel se había escapado de algún puesto y, como Pinocho, se había convertido en un hombre de carne y hueso?
Cogí la mano que me tendía y que posiblemente tuviesen que amputarle debido a las bajas temperaturas y al tiempo que hacía que la tenía en el aire esperando a que yo la tomara. Tiró de mí, calculando mal mi peso, que era menos que una pluma, y del impulso fui a estrellarme contra la armadura que llevaba bajo la camisa.
Pero no era una armadura, era su torso, que, aunque llevaba puesta una parka acolchada, era como tocar una roca. ¡Madre del amor hermoso! ¿Cómo sería tocarlo sin nada que lo protegiese?
—Perdón por mi torpeza, no imaginé que pesaras tan poquito; mi nombre es Julián. —dijo suplicando una disculpa, y cómo no, con la sonrisa que la acompañó al final, se la ganó.
Para disimular un poco la cara de idiota que seguro tenía en ese instante, le quité importancia con un gesto de la mano.
—No te preocupes, esas cosas pasan. Al fin y al cabo, son seres vivos que tienen sus momentos de rebeldía, ¿No?
—Sí, claro. —contestó anclando su mirada a la mía, haciendo que una corriente me atravesara hasta llegar al estómago.
Y así fue como descubrí lo que se siente cuando un flechazo impacta en el corazón.

ADA WHITE