El refugio de las letras.
CUARTA CARTA: EL IDIOMA DEL AMOR
Asunto: ¿Cuándo olvidamos que el amor también habla nuestro idioma?
Querida lectora,
Tengo una pregunta que me ronda desde hace tiempo y que hoy quiero compartir contigo: ¿cuándo dejamos de tener palabras propias para lo que sentimos?
Porque si alguien te dice que está viviendo un Slow burn, sabes exactamente de qué te habla. Pero si te digo que su amor se cuece a fuego lento, que hay miradas que duran demasiado y silencios que pesan más que cualquier declaración… ¿No te llega igual, o incluso más hondo?
El romanticismo anglosajón ha colonizado nuestro género de una manera tan silenciosa que ya casi no lo notamos. Etiquetamos las tramas de las novelas que leemos con términos en inglés porque así lo hace todo el mundo, porque es el código común de nuestra comunidad lectora, porque resulta práctico. Lo entiendo. Yo misma los uso. Bueno… para ser sincera, estoy empezando a usarlos, pues aún me cuesta acostumbrarme a etiquetar las emociones en un idioma que no es el mío.
Me pregunto si, al hacerlo, no estamos dejando escapar algo.
Nuestro idioma tiene flechazo, que lleva la flecha dentro, que implica el dolor y la magia al mismo tiempo. Tiene amor entre enemigos, que ya en su propio nombre encierra la contradicción y la tensión que nos engancha. Tiene segunda oportunidad, con todo el peso de lo que se perdió y el valor que hace falta para intentarlo de nuevo. Tiene la familia que uno elige, con esa ternura de quien sabe que el hogar no siempre es el lugar donde naciste.
No te pido que dejes de usar enemies to lovers o friends to lovers o slow burn. No va de eso. Va de recordar que tenemos un idioma capaz de hacer lo mismo —y a veces mucho más— con sus propias palabras; porque hay una diferencia entre conocer un término y reconocerse en él.
Así que hoy te lanzo un reto: la próxima vez que quieras describir una historia, prueba a hacerlo en español. Sin red. Y dime si no notas la diferencia.
Yo empiezo: mi próxima novela tiene un amor que tarda en reconocerse a sí mismo. No es slow burn. Es una llama que no sabe todavía que ya está ardiendo.
Con amor y tinta,
Ada White

