El refugio de las letras.
CARTA N.º 8: LA NOCHE OSCURA DEL ESCRITOR
Asunto: Escribir para un público ausente.
Querida lectora,
Pones el punto y final a una historia y, en ese momento, imaginas la oleada de gente al otro lado esperando a leerla.
Te has pasado meses dándole vida a unos personajes, robándole horas a tu propia vida porque aquella primera idea se convirtió en un mundo entero.
Y entonces, después de corregir, maquetar, diseñar la portada y con más ilusión que un niño en un almacén de juguetes, publicas.
Pasan las primeras semanas tras el lanzamiento y vas mirando el panel de control, para comprobar que el contador apenas se mueve. Pasan los días y la historia no cambia; hay muy pocas lecturas, pocas ventas. Y es entonces cuando te invade una sensación fría, la de haber estado hablando sola en una habitación vacía. En ese momento, lo más fácil es pensar que has tirado el tiempo y el dinero, y que nada de lo que haces le importa a nadie.
Pero justo ahí, en mitad de ese desánimo, al que llamo “la noche oscura del escritor”, una chispa saltó en mi memoria.
Recordé la tarde en la que empecé a escribir mi primera novela, justo hace diez años. Volvía a casa cansada después de un día interminable trabajando de cara al público, con la cabeza a punto de explotar y los nervios a flor de piel. No busqué un plan editorial ni soñé con llamarme «autora». Solo quería un refugio. Escribir me hacía reír, me soltaba los nudos del día y me devolvía la energía y las ganas de volver a trabajar al día siguiente. Lo hacía por pura supervivencia emocional.
Al recordar esto, algo hizo clic. La frustración de los números se esfumó por un rato. Volví a sentir las manos sobre el teclado como aquella primera vez, cuando escribir no era un producto, era un sitio a donde ir.
Digo “por un rato” a propósito, porque sería mentira si te dijera que el recuerdo lo arregla todo de una vez y para siempre. La noche oscura no se va con un solo clic. Vuelve. A veces, lo hace un martes cualquiera, cuando abres Instagram y ves que otras autoras venden en un día lo que tú en un mes. Vuelve cuando alguien te pregunta: «¿Y de qué trabajas de verdad?», como si escribir novelas no contara. Vuelve, sobre todo, cuando llevas tres capítulos sin escribir porque ya no sabes para quién los estás escribiendo.
Lo que he aprendido, después de siete libros y varias noches así, es que la pregunta no es cómo evitar que vuelva. Va a volver. La pregunta es qué hacer cuando está ahí.
Y lo que hago —lo que te propongo que hagas tú también— es muy poco glamuroso; cierro el panel de control de KDP. Literalmente. No lo miro durante un par de días. En su lugar, releo algún mensaje viejo de alguna lectora, de esos que guardo aunque solo diga «Cómo me reí con el capítulo cuatro». Uno solo. No hace falta más. Porque el contador te dice cuántas personas han comprado el libro, pero ese mensaje te dice que al menos una persona, en algún salón de su casa, dejó de existir un rato para meterse dentro de algo que yo construí. Eso no lo mide ningún algoritmo, y sin embargo es exactamente lo que buscaba aquella primera tarde, cuando ni siquiera sabía que iba a publicar nada.
Así que si estás ahí ahora mismo, mirando un contador que no se mueve, te digo esto sin suavizarlo: es probable que siga sin moverse mañana. Y puede que no sea justo, después de todo lo que le has dado. Pero la habitación no está tan vacía como parece desde donde tú la miras. Hay alguien al otro lado, aunque hoy no puedas verlo en ninguna estadística. Y ese alguien es la razón por la que vas a volver a abrir el documento, aunque el contador siga en cero.
Con amor y tinta,
Ada White

